Susana Wesley: Fidelidad en medio del caos

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Susana Wesley: Fidelidad en medio del caos

El eco del trabajo invisible

Es muy probable que alguna vez te hayas detenido en medio del ajetreo diario, sintiendo que lo que haces carece de un verdadero impacto. Lavas la misma ropa, realizas el mismo trabajo cada día, y te preguntas si tu esfuerzo cotidiano realmente cuenta para la eternidad. Vivimos en una época ruidosa que aplaude constantemente la viralidad en redes y los grandes números de seguidores.

Por eso, es sumamente fácil llegar a creer que la verdadera obra de Dios ocurre siempre sobre un escenario o detrás de un micrófono. Esa forma de pensar nos desgasta poco a poco, haciéndonos sentir que nuestra fe de todos los días es irrelevante. Llegamos a pensar que nuestro lugar en el mundo es demasiado pequeño para reflejar la grandeza del Señor. Sin embargo, cuando miramos la historia redentora, descubrimos que Dios es un experto en usar los lugares escondidos para transformar el mundo.

En los registros de la historia cristiana, Susana Wesley es comúnmente aclamada como la «Madre del Metodismo». Sin embargo, su vida a finales del siglo XVII en Inglaterra estuvo muy lejos de ser un ministerio glamuroso. Ella enfrentó una realidad dura, llena de inestabilidades, que podría quebrar fácilmente el espíritu y la fe de cualquiera en nuestros días.

Susana dio a luz a diecinueve hijos, pero experimentó el dolor indescriptible de ver a nueve de ellos morir en sus primeros años de vida. A este duelo constante se sumaban las asfixiantes deudas financieras de la familia y las largas ausencias de un esposo con el que a menudo tenía profundas diferencias de opinión. Definitivamente, no era una persona con una vida fácil ni con las circunstancias ideales para cultivar una espiritualidad profunda.

Aun así, ella constituye un desafío radical nuestra forma moderna de ver el servicio a Dios. Nunca predicó un sermón formal desde un púlpito ni publicó tratados teológicos de conocimiento público. Pero el avivamiento espiritual que sacudió a su nación en el siglo XVIII, liderado por sus hijos John y Charles, no puede entenderse sin la formación intelectual y espiritual que ella estableció en su hogar.

Un rescate entre las llamas

Piensa por un momento en la parroquia del pueblo de Epworth durante un helado invierno del año 1709. La casa ardía en llamas en medio de la noche, y esta madre contaba desesperadamente a sus hijos en el jardín. Faltaba uno. Mientras el humo negro ascendía y el fuego devoraba las escaleras de madera, Susana cayó de rodillas sobre la tierra fría.

Allí, entregó a su hijo pequeño, John, a la soberana voluntad del Señor, sabiendo que humanamente ya no había nada que ella pudiera hacer. Pero en un acto providencial, los vecinos formaron una escalera humana y lograron arrancar al niño de la muerte. Apenas unos segundos después de sacarlo por la ventana, el techo colapsó por completo.

Cuando Susana recibió a su pequeño en brazos, temblando y cubierto de hollín, entendió con profunda claridad que Dios lo había salvado con un propósito eterno. Ella lo llamó «un tizón arrebatado del incendio», sabiendo que ese niño había sido preservado por la mano divina. No obstante, la fe de esta mujer no se sostuvo únicamente de grandes milagros de rescate, sino de su admirable resistencia diaria.

Firmeza en medio de la adversidad

El compromiso de Susana con la verdad de Dios a menudo la llevó a tomar decisiones valientes, incluso cuando le costaban la paz temporal en sus relaciones. Durante las larga ausencia de su esposo, el pastor sustituto que quedó a cargo de la congregación local comenzó a predicar mensajes carentes de verdad bíblica. Al ver que su familia se marchitaba por falta de alimento espiritual sólido, Susana tomó el asunto en sus propias manos. Decidió reunir a sus hijos en la cocina los domingos por la tarde para leerles sermones fieles a las Escrituras, orar con ellos y cantar salmos.

Lo que comenzó como un culto íntimo para proteger el alma de sus hijos, pronto llamó la atención de muchos vecinos sedientos de la Palabra. En poco tiempo, más de doscientas personas se apretujaban cada domingo para escuchar las lecturas que ella compartía. Sin buscar el protagonismo ni desafiar la autoridad, esta mujer cuidó de las almas simplemente porque se negó a ver a su comunidad pasar hambre espiritual.

El santuario debajo de un delantal

El verdadero milagro en la vida de Susana Wesley ocurrió en medio del cansancio, las carencias y el ruido incesante de una casa siempre llena. A pesar de sus inmensas responsabilidades diarias, ella estableció una disciplina inquebrantable para su propio crecimiento y comunión con el Señor. Sabía perfectamente que no podía dar a su familia o a sus vecinos lo que ella misma no recibía primero de Dios en la intimidad.

Cuando no tenía una habitación privada a donde huir para orar, ella no se excusó en su falta de tiempo. Simplemente se sentaba en una vieja silla de la cocina y se cubría la cabeza y el rostro con su propio delantal. Ese pedazo de tela gastada se convertía instantáneamente en su tabernáculo privado, su lugar de encuentro con el Creador.

Era una señal visual muy clara que todos en su hogar, desde el esposo hasta el hijo más pequeño, entendían y respetaban a la perfección. Significaba que ella estaba hablando con el Rey del universo y no debía ser interrumpida por absolutamente nada. Desde esa comunión secreta, ella sacaba las fuerzas sobrenaturales para sentarse una hora a la semana, de forma individual, con cada uno de sus hijos.

Discipulado en las trincheras cotidianas

Su ministerio más grande siempre fue la mesa del comedor y su culto más poderoso fue la constancia de enseñarles a sus hijos a amar la Escritura. Susana encarnó profundamente el mandato que el Señor nos dejó plasmado en el capítulo seis del libro de Deuteronomio. Ese pasaje nos llama a repetir las verdades de Dios estando en casa, andando por el camino, al acostarnos y al levantarnos.

No se trata de organizar eventos religiosos extraordinarios, sino de empapar la rutina diaria y ordinaria con el conocimiento del carácter de Dios. Es tomar la crianza, el trabajo, los negocios y las relaciones de todos los días para convertirlos intencionalmente en un campo de formación espiritual. Tu familia, tus compañeros o tus amigos más cercanos son el rebaño principal que el Señor ha puesto soberanamente delante de ti.

Frecuentemente leemos estas altas exigencias bíblicas y nos paralizamos, pensando que necesitamos un diploma avanzado en teología para poder impactar a otros. Pero el Dios de la Biblia no anda buscando eruditos impecables que vivan en condiciones perfectas y sin problemas. Él busca hombres y mujeres con corazones rendidos, dispuestos a hacer discípulos en medio de cada situación cotidiana.

El altar de tu propia rutina

Jesús mismo nos enseñó en el Evangelio de Mateo que nuestro Padre ve lo que se hace en lo secreto, y que es precisamente allí donde Él recompensa. A Dios no le impresiona los aplausos ni la cantidad halagos que podamos recibir en públicos de personas que validan nuestro trabajo. A Él le conmueve la fidelidad de nuestras rodillas dobladas cuando nadie más en el mundo nos está prestando atención.

Ya sea que pases tus días manejando camiones, preparando alimentos o cuidando a los más pequeños en la sala de tu casa, el cielo conoce tu nombre. Esa oración rápida por los alimentos o en el auto antes de una salida, ese esfuerzo constante por modelar el perdón cuando alguien se equivoca; todo es material eterno. En cada una de esas acciones, estás reflejando la gracia de Dios. Rinde hoy al Señor tu deseo natural de que otros te reconozcan y pídele que el Espíritu Santo abra tus ojos a la grandeza del lugar donde Él te ha plantado. Abraza tu sala, tu oficina, tu taller o tu cocina como un altar sagrado dedicado de manera exclusiva a Su nombre.'''

Armando Yens

Armando Yens

Administrador

Armando Yens es Maestro de Biblia y Asistente Administrativo en la Iglesia Emanuel (Midland, TX). Estudiante avanzado del Diplomado en Estudios Bíblicos en el Instituto Integridad & Sabiduría, fundó este ministerio para demostrar que las Escrituras transforman el día a día. Armando comparte una fe activa y genuina, superando retos visuales para inspirar a otros

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