El peligro de la pregunta equivocada
Te has encontrado allí más de una vez. Frente a una pantalla a altas horas de la noche, evaluando una oferta de trabajo que cambiaría tu rutina, o a punto de iniciar una relación que despierta dudas profundas en tu corazón. Das vueltas al asunto, evalúas los pros y los contras, consultas con un par de amigos cercanos y, finalmente, tu mente aterriza en la pregunta que parece resolverlo todo: «¿Qué tiene de malo?».
Como cristianos, solemos usar esa pregunta como nuestro detector principal de la voluntad divina. Revisamos mentalmente las Escrituras buscando alguna prohibición explícita, un mandamiento claro que nos frene en seco y nos saque de la confusión. Si no encontramos un «no lo hagas» literal, asumimos rápidamente que tenemos luz verde para avanzar con nuestros planes. Sin embargo, tratar la Palabra de Dios como si fuera un mero código penal es un acercamiento muy pobre y legalista a la vida de piedad. Cuando nuestra única preocupación es evitar el pecado escandaloso, terminamos viviendo en la frontera misma de la mundanalidad. Coqueteamos con el límite de lo permitido, olvidando que el profeta Jeremías nos advierte que nuestro corazón es engañoso más que todas las cosas.
Un estándar superior para nuestra libertad en Cristo
Un discípulo que anhela reflejar el carácter de su Señor necesita un filtro superior a la simple escapatoria de la culpa. No fuimos rescatados de las tinieblas simplemente para aprender a caminar por la orilla del abismo sin caernos al vacío. Fuimos salvados por gracia para ser transformados progresivamente a la imagen del Hijo de Dios.
El apóstol Pablo lidió con esta misma tensión de una libertad mal entendida cuando le escribió a la inmadura iglesia en Corinto. Aquella ciudad era un centro comercial y cultural, repleto de opciones de entretenimiento, filosofías variadas y una moralidad sumamente relajada. Los creyentes allí vivían confundidos respecto a cómo usar su nueva libertad en Cristo sin contaminarse. Muchos de ellos utilizaban un lema peligroso para justificar sus acciones: «Todo me es lícito». Usaban la maravillosa gracia de Dios como una licencia para vivir sin frenos, siempre y cuando no rompieran las reglas básicas de su confesión de fe. La respuesta de Pablo, registrada en 1 Corintios 10:23, es profundamente pastoral y a la vez confrontadora: «Todo me es lícito, pero no todo conviene; todo me es lícito, pero no todo edifica».
El apóstol no niega la libertad que Cristo compró a precio de sangre, pero eleva drásticamente el estándar de cómo debemos ejercerla en el día a día. Nos enseña que el problema de muchas decisiones no radica en que sean básicamente perversas. El verdadero problema es que carecen por completo de provecho espiritual. Son acciones, pasatiempos o compromisos financieros que, aunque no te condenen, te anestesian espiritualmente y frenan tu crecimiento.
¿Qué tiene de santo esta elección?
Para tomar decisiones verdaderamente sabias, necesitamos sustituir de urgencia el «¿qué tiene de malo?» por preguntas que apunten hacia la voluntad agradable y perfecta de Dios. La primera de esas preguntas vitales es: «¿Qué tiene de santo esta elección?».
La santidad bíblica implica separación, un apartamiento exclusivo para el uso y la gloria de Dios. Cuando evalúas ese ascenso laboral que te pagará el doble pero te alejará de tu congregación y de tu familia, la pregunta correcta cambia. No se trata de si ganar más dinero es pecado, porque obviamente no lo es.
La pregunta que debes hacerte en oración es si esa decisión cultivará mayor santidad en tu hogar o si te sumergirá en un estilo de vida donde Dios termina siendo una nota al pie de página en tu apretada agenda. Nuestras decisiones diarias son los bloques con los que construimos nuestro carácter a largo plazo.
¿Edifica al prójimo que me observa?
La segunda pregunta que transforma de raíz nuestras decisiones cotidianas es: «¿Edifica esto a mi prójimo?». Retomando el principio de la carta a los Corintios, Pablo nos recuerda con firmeza que no vivimos en un aislamiento espiritual. Hay hermanos más débiles en la fe que están observando nuestros pasos muy de cerca.
Quizás tú tienes la madurez teológica para participar en cierto tipo de entretenimiento o consumir ciertos contenidos sin que tu conciencia te acuse. Pero si un hermano recién convertido te observa y su fe tropieza por imitar tu ejemplo sin tener tu convicción, tu amada libertad cristiana se ha convertido trágicamente en una piedra de tropiezo.
El amor genuino, que es la marca distintiva del creyente, nos impulsa a limitar voluntariamente nuestras preferencias por el bien espiritual del otro. Tomar una decisión sabia siempre implica mirar a nuestro alrededor y considerar el peso moral de nuestras acciones en la comunidad de fe que Cristo rescató.
Si el Maestro estuviera a tu lado
Existe un último filtro, uno que desarticula cualquier intento sutil de justificar nuestras inclinaciones carnales: «¿Haría yo esto si el Señor Jesucristo estuviera sentado físicamente a mi lado?». A primera vista, esta pregunta puede sonar como un simple ejercicio de imaginación infantil, pero en realidad encierra una profunda verdad teológica.
Si has rendido tu vida al Señor, el Espíritu Santo de Dios mora permanentemente en ti. Cristo no solo está sentado a tu lado de manera figurada; Él habita literalmente en ti mediante Su Espíritu. Eres templo viviente de la tercera persona de la Trinidad. Por lo tanto, a dondequiera que vas, lo llevas a Él contigo.
Cada película cuestionable que decides ver en la intimidad de tu sala, la estás viendo con Él. Cada conversación áspera en la que participas simplemente para ganar un argumento y alimentar tu orgullo, la sostienes en Su misma y santa presencia. Cuando internalizamos esta asombrosa realidad y dejamos que gobierne nuestra mente, la trivialidad de este mundo pierde todo su atractivo seductor.
Ya no buscamos simplemente evitar que nuestro cónyuge o nuestros líderes nos atrapen haciendo algo indebido. Nuestro mayor y más profundo anhelo se convierte en no contristar al glorioso Huésped divino que nos acompaña en cada segundo de nuestra existencia terrenal. Entendemos de pronto que nuestra obediencia no es una carga pesada, sino el deleite constante de un corazón agradecido.
La verdadera sabiduría no se trata de acumular un coeficiente intelectual más alto o de memorizar decenas de versículos para ganar debates. Se trata de conocer íntimamente el corazón del Maestro a través de la sumisión diaria a Sus propósitos. Cuanto más tiempo inviertes en cultivar esa comunión con Él, más se alinearán tus deseos carnales con Sus santos propósitos. La próxima vez que te encuentres frente a una encrucijada, no te conformes con el estándar mediocre de buscar vacíos legales en la Biblia para justificar lo que tu carne anhela. Detente, respira profundo y recuerda el altísimo precio de sangre con el que fuiste rescatado en la cruz.
Eleva tu mirada muy por encima de los beneficios temporales y evalúa tus opciones a la luz de la eternidad. Toma decisiones que te santifiquen, que construyan la fe de quienes te observan con genuino interés y que traigan inmensa gloria al Salvador que camina todos los días contigo.